La Ermita de San Pedro de Verona: tradición, historia y devoción en el corazón de las Lagunas de Ruidera
En el paraje sereno que lleva su nombre, junto a la carretera de San Pedro y en pleno Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, se alza la Ermita de San Pedro de Verona, lugar de culto y peregrinación desde tiempos inmemoriales. Su presencia, humilde y blanca, contrasta con el azul del cielo manchego y la vegetación que la rodea, como si la naturaleza quisiera custodiar un enclave que ha sido testigo de siglos de fe, historia y leyenda.
Las romerías: caminar con el Santo
En su interior se venera la imagen de San Pedro de Verona, protagonista de dos romerías profundamente arraigadas entre los vecinos de Ossa de Montiel.
El Domingo de Resurrección, el Santo es trasladado desde la ermita hasta la iglesia del pueblo, acompañado por centenares de caminantes que recorren los ocho kilómetros —alargados por la tradición al desviarse por senderos que atraviesan la mítica Cueva de Montesinos— entre cantos, palmas y un ambiente festivo incomparable. Lo llevan los quintos del año, y a lo largo del camino resuenan coplas populares, entre ellas la célebre:
«San Pedro bendito, lucero brillante,
envíanos agua que el pan no nos falte.
San Pedro bendito, si a tu puerta llaman,
son los de la Ossa que te piden agua.»
El 29 de abril, la romería se repite a la inversa: la imagen regresa a su ermita, esta vez acompañada por la banda de música y por un pueblo entero que, entre “descansos” de piedra y relevos de los portadores, vuelve a llevar al Santo a su paraje natural. Allí, como manda la tradición, familias y amigos comparten una comida campestre en un ambiente de convivencia y hermandad.
Luminarias: el fuego que protege el pueblo
Durante las noches en las que el Santo permanece en la localidad, del 20 al 28 de abril, Ossa de Montiel se ilumina con las tradicionales luminarias. Son nueve hogueras que antaño, según cuentan los mayores, se encendían para proteger los viñedos de las heladas primaverales.
Hoy, los jóvenes continúan la costumbre recogiendo sarmientos, mientras los niños hacen guardia para evitar que otros grupos les roben la leña, en un juego que revive la inocencia de tiempos pasados.
A partir de las diez de la noche, la primera luminaria prende y el pueblo entero sale a la calle para calentarse al fuego, asar patatas, beber zurra y chocolate, cantar, bailar y participar en juegos populares. En la última noche, las autoridades y la banda de música recorren una por una todas las hogueras, tocando en honor al Santo.
Un edificio con siglos de historia
La actual ermita, restaurada en sus formas y colores, descansa sobre los restos de una antigua ermita visigoda. La primitiva construcción fue asaltada y destruida en septiembre de 1936 por milicianos procedentes de Tomelloso; la imagen del Santo fue profanada y quemada, y tan solo los cimientos resistieron. Debido al mal estado del edificio, en 1943 se demolió lo que quedaba en pie y se levantó la ermita que hoy conocemos.
Su importancia histórica se refleja incluso en la literatura: Cervantes la menciona en el capítulo XXIV de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, al relatar la visita del hidalgo y Sancho Panza a una ermita habitada por un ermitaño, referencia que numerosos estudiosos vinculan a San Pedro de Sahelices.
San Pedro Sahelices: una denominación antigua
La ermita ha sido citada desde época medieval con múltiples variantes:
Sant Pedro e Sant Helices, San Pedro Sahelices… nombres que revelan su conexión histórica con el desaparecido castillo de San Felices, núcleo poblacional que llegó a tener entidad propia en el siglo XIII. Su territorio quedó delimitado en 1254 mediante mojones repartidos por enclaves tan característicos como la Laguna Blanca, la Peña Rubia o la Cañada Ayuso.
Investigadores como Corchado Soriano sugieren que su origen podría remontarse incluso a la época visigoda o mozárabe, a juzgar por los arcos de herradura que aparecían en los dibujos antiguos de la antigua ermita, más abiertos que los propios del arte islámico. Otros estudios la vinculan al castillo cercano, como lugar de culto para sus habitantes.
San Pedro de Verona: el mártir que dio nombre al templo
El Santo cuya imagen se venera en Ossa de Montiel nació en Verona en el seno de una familia cátara. Tras estudiar en Bolonia, ingresó en la Orden de Predicadores, donde destacó como orador, predicador y defensor de la ortodoxia cristiana.
En 1251 fue nombrado Inquisidor de Lombardía, y durante toda su vida evangelizó en numerosas ciudades italianas.
Murió mártir el 6 de abril de 1252, asesinado en un bosque cercano a Milán. Su figura, rodeada de devoción y carisma, se extendió rápidamente por Europa, dejando una profunda huella espiritual que explica la presencia de su culto en lugares como Ossa de Montiel.
Un lugar donde tradición, fe e historia se abrazan
La Ermita de San Pedro de Verona no es solo un edificio religioso: es el corazón de un calendario festivo, un hito literario, un vestigio arqueológico y un símbolo de identidad para los ossenses.
Caminar hacia ella es recorrer siglos de historia, atravesar paisajes cervantinos y participar en una tradición que continúa viva gracias a un pueblo que, generación tras generación, mantiene encendida la llama de su devoción.
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