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En el tรฉrmino municipal de Villanueva de los Infantes, a apenas dos kilรณmetros del casco urbano y en direcciรณn oeste, se alza uno de los parajes mรกs antiguos, enigmรกticos y simbรณlicos del Campo de Montiel: La Mora. Un lugar donde el paisaje, la historia y la leyenda se funden en una misma raรญz profunda que hunde sus orรญgenes hace mรกs de cuatro mil aรฑos.
Las evidencias arqueolรณgicas sitรบan la ocupaciรณn humana de este enclave en el periodo Calcolรญtico y la Edad del Bronce, prolongรกndose, con toda probabilidad, hasta la Edad Media. Fue entonces cuando el cerro adquiriรณ un carรกcter sagrado, consolidรกndose como espacio espiritual y ritual, y cuando se levantรณ una ermita cuya memoria aรบn pervive en la tradiciรณn local.
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Conocida tambiรฉn como Cueva de la Mora o Caseta del Diablo, La Mora constituye un conjunto singular, de clara vocaciรณn simbรณlica y espiritual, probablemente de รฉpoca mozรกrabe, sin paralelos en la provincia de Ciudad Real. Este pequeรฑo santuario rupestre se encuentra excavado en la arenisca del Cerro de la Mora, una elevaciรณn de formas redondeadas y pendientes pronunciadas hacia el oeste y el sur, dominando visualmente la llanura agrรญcola circundante.
El denominado trono o Caseta del Diablo presenta unas dimensiones aproximadas de 1,5 por 1,3 metros, cerrรกndose a una altura de 1,7 metros mediante una sencilla bรณveda de caรฑรณn. En su interior se conserva un pequeรฑo altar, elemento que refuerza su carรกcter ritual. A su alrededor se localizan antiguas canteras de arenisca, un lavadero y un espacio donde, segรบn la tradiciรณn, a finales del siglo XVIII existiรณ una plaza utilizada para la celebraciรณn de festejos taurinos.
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En la cima del cerro se levantรณ la ermita de San Cristรณbal, hoy desaparecida. Durante el siglo XVII, el lugar fue conocido indistintamente como cerro de San Cristรณbal y Gรณlgota, debido a la presencia de varias cruces de piedra que marcaban la รบltima estaciรณn de un Vรญa Crucis, reforzando aรบn mรกs su dimensiรณn simbรณlica y devocional. No se conoce con certeza la relaciรณn directa entre la ermita y la Cueva de la Mora, aunque su proximidad sugiere una continuidad espiritual en el uso del espacio.
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Como todo enclave cargado de memoria, La Mora custodia una leyenda que ha sobrevivido al paso del tiempo, casi olvidada pero profundamente evocadora. Se dice en Infantes que en los amaneceres del dรญa de San Juan, durante apenas unos instantes, cuando los primeros rayos del sol iluminan la entrada de la cueva, aparece la bella Moraima, sentada en la peana, peinando sus cabellos con un peine de oro, mientras un joven, resignado y esperanzado, la contempla desde la distancia. Un relato que mezcla amor, espera y misterio, y que refuerza el aura mรกgica del lugar.
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Por su extraordinario valor histรณrico, arqueolรณgico y cultural, la Caseta del Diablo estรก declarada Bien de Interรฉs Cultural, reconocimiento que subraya la importancia de conservar y difundir este enclave excepcional. La Mora no es solo un vestigio del pasado: es un espacio vivo de identidad, donde la historia del Campo de Montiel se escribe en piedra, silencio y paisaje.
Visitar La Mora es asomarse a un tiempo profundo, donde cada roca, cada sendero y cada historia susurrada al amanecer recuerdan que hay lugares que no solo se recorren, sino que se contemplan y se sienten.
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