La Feria de Villanueva de la Fuente: un legado centenario entre comercio, fe y tradición
La Feria de Villanueva de la Fuente, una de las celebraciones con mayor arraigo histórico en el Campo de Montiel, hunde sus raíces en los orígenes mismos de la repoblación cristiana tras la decisiva batalla de las Navas de Tolosa en 1212. A partir de aquel momento, este territorio fronterizo comenzó a llenarse de nuevos pobladores procedentes del norte peninsular, junto a comunidades mozárabes y judías, en un proceso similar al vivido por ciudades como Villa Real —hoy Ciudad Real— y Alcaraz.
En su afán por estimular la ocupación y el desarrollo del sureste castellano, el rey Alfonso X adoptó una política activa de concesión de privilegios feriales. El 8 de agosto de 1252, apenas iniciado su reinado, otorgó a Montiel la autorización para celebrar feria en recompensa por los servicios prestados por la Orden de Santiago en las campañas militares. Aquel hecho monumental supuso el punto de partida para la expansión comercial de la comarca, influyendo en la posterior tradición mercantil de Villanueva, por entonces vinculada jurisdiccionalmente a la propia Orden.
Durante la Baja Edad Media, Villanueva vivió periodos de alternancia entre el dominio santiaguista y la tutela del Marquesado de Villena y Alcaraz, fruto de los continuos enfrentamientos nobiliarios. A pesar de ello, los mercados villanoveros fueron consolidándose como espacios esenciales de abastecimiento e intercambio, siguiendo el modelo europeo de resurgimiento urbano que, desde el siglo XI, impulsaba la economía a través de mercados y ferias periódicas.
La posición geoestratégica de Villanueva —encrucijada natural entre Andalucía, Levante y la Meseta— favoreció este crecimiento. Aunque los datos concretos sobre los primeros mercados son escasos, existen evidencias de que ya en el siglo XIV se celebraban transacciones en las inmediaciones de la ermita de San Nicasio (posterior templo del Santo Cristo del Consuelo), junto al camino romano y la vía pecuaria. Las disputas con Alcaraz en los años 1375 y 1376, que limitaron momentáneamente la jurisdicción local, revelan la importancia económica alcanzada por estos encuentros comerciales.
El verdadero salto llegaría en el Renacimiento. En 1565, Villanueva obtuvo el título de villa de manos de Felipe II, liberándose definitivamente del control alcaraceño. Desde ese momento, sus mercados crecieron sin corsés externos, y a finales del siglo XVII el vínculo entre la actividad comercial y la devoción religiosa quedó sellado con la llegada de la imagen de la Virgen de los Desamparados y la construcción del Corral de la Feria, espacio destinado específicamente a las transacciones ganaderas y mercantiles. La traída de la Patrona al amanecer del 1 de septiembre quedó asociada al inicio de la Feria, dando forma a un calendario festivo que ha resistido inalterado hasta nuestros días.
Las fuentes del siglo XVIII dejan constancia de la pujanza económica de Villanueva. El Catastro del Marqués de la Ensenada (1752) describía una feria rica en ganado y mercancías, desde yeguas y mulas hasta herramientas agrícolas, textiles, quincalla y productos de uso doméstico. Tan notable era su actividad que, hacia 1800, la prensa nacional registraba un volumen de negocio cercano a los 670.000 reales, cifras propias de los grandes centros comerciales de la España interior.
La pieza fundamental de este auge fue la Cuerda, inmenso mercado ganadero que llegó a ocupar hasta 70.000 metros cuadrados entre las eras y las proximidades de la plaza de toros. Allí confluían miles de cabezas de ganado procedentes de distintas regiones de la península, especialmente de zonas limítrofes. Los nombres de familias de tratantes como los “Puches”, “Bambollos” o “Faitos” aún resuenan en la memoria colectiva local. Durante décadas, Villanueva se erigió como referencia indispensable antes de las ferias de Alcaraz y Albacete, integrándose en una red ferial de primer orden en la España agraria.
Pero la Feria fue mucho más que un mercado. Fue también un acontecimiento social y cultural de enorme proyección. A la sombra de las transacciones comerciales surgieron celebraciones populares, espectáculos taurinos —con plaza propia desde finales del siglo XIX— juegos, atracciones, puestos ambulantes y una gastronomía típica, con el pisto y carne al aire libre como plato emblemático. La estampa del pueblo en verano, con agricultores finalizando trillas y aventados, animales bebiendo en el río y calles abarrotadas de feriantes y cántaros, quedó grabada en generaciones enteras.
La Guerra Civil supuso un paréntesis —la Feria se suspendió entre 1936 y 1938—, pero tras el conflicto la vida volvió a llenarse de música, cines, bandas municipales, orquestas y nuevas formas de ocio juvenil. A partir de los años sesenta, la mecanización del campo y los cambios socioeconómicos transformaron la Feria: la actividad ganadera fue cediendo paso al carácter festivo y lúdico, aunque la tradición emocional y la identidad local permanecieron intactas.
Hoy, la Feria de Villanueva de la Fuente es un testimonio vivo de más de siete siglos de historia. Nació como motor económico y símbolo de repoblación medieval, evolucionó como referencia ganadera y mercantil de la Mancha y se ha mantenido como celebración esencial, capaz de reunir cada septiembre a vecinos, descendientes y visitantes en torno a sus raíces, su memoria y su alegría compartida.
Un legado que no solo honra el pasado, sino que proyecta hacia el futuro el espíritu comunitario que siempre ha definido a esta villa histórica del Campo de Montiel.
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