Nadie es más que nadie.
Ni por el dinero que tenga, ni por su situación económica, social o política.
A veces se confunde tener dinero con tener valor, y se cae en el error de creer que lo material coloca a unas personas por encima de otras. Hay quien piensa que por conducir un coche de alta gama ya tiene un estatus especial, como si eso le diera derecho a mirar por encima del hombro. Pero lo material acompaña, no define. No dice quién eres, solo lo que tienes… y eso puede cambiar en cualquier momento.
También ocurre con la ideología política. Hay personas que creen que pensar de una determinada manera los hace moralmente superiores, y desde ahí juzgan, desprecian o minusvaloran a quienes no piensan igual. Se olvidan de que las ideas no valen nada si no van acompañadas de respeto, educación y humanidad.
Y qué decir de los estudios. Carreras universitarias, másteres, títulos y más títulos… que en algunos casos se convierten en un pedestal desde el que se mira al resto. Como si el conocimiento académico garantizara educación o valores. Cuando la vida demuestra, una y otra vez, que hay personas sin títulos que dan auténticas lecciones de respeto, humildad y sentido común.
Ahora bien, también hay que decirlo: hay personas que tienen mucho y tratan a todo el mundo por igual. Las hay, y muchas. Personas con dinero, con estudios o con una posición desahogada que no necesitan demostrar nada, que no presumen, que no se creen superiores. Y eso se nota enseguida. Se nota en cómo hablan, en cómo escuchan, en cómo miran a los demás. Se nota en su educación y en sus valores.
Porque el respeto no se compra con dinero, no se aparca en la puerta de casa, no se vota ni se cuelga en un currículum.
El respeto se demuestra cada día, en los pequeños gestos, en la forma de tratar a quien no tiene nada que ofrecerte.
Al final, cuando se apagan los brillos de lo material, las ideologías y los títulos, solo queda lo esencial: la persona que eres.
Y ahí, sin excusas ni atajos, nadie es más que nadie.
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