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Carlos Chaparro: Infantes, la “Brujas de La Mancha”.

Carlos Chaparro: Infantes, la “Brujas de La Mancha”.

58 aniversario de la muerte de Azorín (1967-2025) y 123 años de su visita a Villanueva de los Infantes

En 1892, el escritor belga Georges Rodenbach publicó Brujas, la muerta, una novela que trascendió la narrativa simbolista para convertirse en un espejo del alma. Brujas, ciudad flamenca, surgía en aquellas páginas como un recinto detenido en el tiempo, envuelto en una melancolía silenciosa y devota, poblada de calles desiertas, conventos apagados y palacios que se desmoronaban al ritmo del tañer de las campanas. Ese espacio literario, donde la ciudad era mucho más que un decorado y se convertía en un estado de espíritu, encontró en los escritores españoles de fin de siglo una poderosa resonancia.

Tras el desastre de 1898, la mirada de los regeneracionistas se dirigió hacia esas ciudades interiores, detenidas entre la grandeza del pasado y la pobreza del presente. Azorín, Baroja, Unamuno o Valle-Inclán reconocieron en ellas el símbolo de una España cansada, herida y magnífica a la vez. Frente a los centros urbanos en transformación industrial, aquellas pequeñas ciudades castellanas eran el refugio de la memoria, el eco de un país que despertaba tarde al siglo XX.

Entre esas ciudades quedó grabado un nombre: Villanueva de los Infantes. Junto a Toledo, la capital del Campo de Montiel encarnó para los escritores de la época el espíritu de la “ciudad muerta”, de la belleza detenida, de la solemnidad que guarda los restos de un pasado glorioso y pesa sobre las piedras y las gentes. El silencio conventual, los palacios cerrados, los muros desconchados, la religiosidad popular, la sombra de Quevedo y la pobreza rural fueron el telón que definió la identidad literaria de Infantes durante buena parte del siglo XX.

José Martínez Ruiz, Azorín, “manchego por adopción” según Antonio Machado, llegó a Infantes en 1902. Aquel joven escritor, fascinado por la esencia del tiempo y la huella del pasado en los paisajes de España, encontró aquí el escenario perfecto para su sensibilidad. Más tarde escribiría que Infantes era “una de las ciudades más interesantes de España”. Y lo sería no por su bullicio, sino por su quietud, por la ruina noble de sus conventos desamortizados, por la solemnidad de sus casonas y el murmullo austero del campo que las rodea.

En sus artículos de 1903 para El Globo, “Hacia Infantes” y “Infantes”, describió la ciudad con un trazo único: calles estrechas y engarabitadas, palacios con puertas cerradas, balcones corroídos, iglesias en ruinas, gallos que cantan en la lejanía y campanas que repican sobre un pueblo sin aguas ni árboles, donde la vida parecía discurrir a ritmo de plegaria y resignación. Allí resonaba “la agonía de la muerte”, aquella frase repetida por los viejos del lugar que tanto impresionó al escritor alicantino y que convirtió Infantes en una suerte de Brujas manchega. La misma atmósfera de Rodenbach, pero con polvo rojo en los tapiales, asnos cargados de cántaros, viejas enlutadas y el soplo áspero del Campo de Montiel.

Sin embargo, aquella melancolía literaria —que también recogieron Baroja o Lorca— no debe leerse hoy como un estigma, sino como un testimonio histórico y estético. Infantes vivió, como tantas ciudades interiores, un tiempo de quietud y ruina, pero también conservó en su silencio el valor de su historia, la dignidad de su arquitectura y la memoria de sus personajes ilustres.

Hoy, cuando se cumplen 58 años de la muerte de Azorín y 123 de su visita a Infantes, aquel retrato sigue invitando a la reflexión. La “ciudad muerta” que él vio es hoy Patrimonio Histórico-Artístico, un lugar vivo, orgulloso de su pasado y consciente de su riqueza cultural. Pero en cada esquina, en cada piedra dorada por el sol, aún late esa nostalgia que el escritor supo capturar y que, lejos de ser un lastre, constituye una parte esencial de nuestra identidad.

Villanueva de los Infantes ya no es la ciudad de los palacios cerrados y el silencio resignado. Es una ciudad que abre sus puertas al viajero, que reivindica su legado y que sigue inspirando a quienes buscan en sus calles el eco de la literatura y la historia. Pero no conviene olvidar la mirada de Azorín: en ella se encuentra una verdad profunda sobre el alma de este lugar y sobre la capacidad de la literatura para fijar la esencia de un tiempo.

La Brujas de La Mancha, como aquí la llamamos, no está muerta: sueña despierta entre conventos, plazas solemnes y atardeceres limpios. Y cada campanada que resuena sobre las piedras centenarias nos recuerda que, en Infantes, el pasado nunca se aleja; simplemente respira en silencio.


Azorín en Villanueva de los Infantes: la “Brujas de La Mancha”

1. Contexto: Azorín y la “España interior”

A comienzos del siglo XX, José Martínez Ruiz —Azorín— forma parte del grupo de escritores conocido como Generación del 98, que reflexionó sobre la identidad de España tras el desastre colonial de 1898. Entre sus preocupaciones estaba la decadencia de los pueblos del interior, símbolo de una nación en crisis moral y económica.
Mientras Europa avanzaba hacia la modernidad industrial, Azorín miraba hacia atrás, buscando en las ciudades dormidas de Castilla y La Mancha las huellas de un pasado glorioso y el espíritu del Quijote.

En este contexto, Villanueva de los Infantes —donde había muerto Francisco de Quevedo en 1645— se convirtió para el escritor en una metáfora viva de la España detenida en el tiempo: noble, silenciosa, y al borde del olvido.


2. El artículo de “El Globo” (24 de febrero de 1903)

El periódico El Globo, uno de los diarios más leídos del Madrid finisecular, publicó el 24 de febrero de 1903 el artículo de Azorín “La evolución de un pueblo. Hacia Infantes”, fruto de su recorrido por el Campo de Montiel.
El texto describe Villanueva de los Infantes con un tono que mezcla la crónica de viaje, el ensayo social y el lirismo simbolista, comparable a la atmósfera de Brujas, la muerta (1892) de Georges Rodenbach.


3. Fragmento seleccionado

“Recorro la maraña de engarabitadas callejas. Las puertas y ventanas de los viejos palacios están cerradas; las maderas se hienden, corcovan y alabean; se deshacen en laminillas los herrajes de los balcones; descónchanse los capiteles de las columnas y se aportillan y desnivelan los espaciosos aleros que ensombrecen los muros…
Desemboco en una plaza; el sol la baña vívido y confortable; me siento en el roto fuste de una columna. Enfrente se levanta un paredón ruinoso, resto de un antiguo palacio; a la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la portada clásica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejanía, entre su delicada membradura, el ramaje seco de un álamo erguido en la llanura inmensa… A la derecha, otra iglesia ruinosa permanece cerrada, silenciosa, y se desmorona lenta e inexorablemente.”

“Y a todas horas, por todas las calles, van y vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con cántaros; viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceños, viejos que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico:
— ¡Jó, buche!… ¡Jó, buche!
Cantan a lo lejos los gallos. De pronto vibra en los aires una campanada, larga, grave, sonora, melodiosa; y luego, al cabo de un momento, espaciada, otra, y después otra, otra, otra…
— Esto es la agonía —dice una vieja—. Y el anciano torna a mover la cabeza y exclama:
— La agonía de la muerte…
Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin árboles, con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una sentencia irremediable.”

(Fuente: José Martínez Ruiz, “La evolución de un pueblo. Hacia Infantes”, El Globo, 24 de febrero de 1903. Reproducción en CECLM Digital: ceclmdigital.uclm.es)


4. Notas explicativas

a) “La maraña de engarabitadas callejas”
Azorín evoca aquí la trama medieval del casco urbano de Infantes, con calles estrechas y retorcidas que aún hoy se conservan. Usa “engarabitadas” (torcidas, irregulares) para reforzar la idea de antigüedad y desorden pintoresco.

b) “Las puertas y ventanas cerradas”
La imagen de los palacios cerrados simboliza la decadencia de la nobleza local y el aislamiento social de la época. Es también una metáfora del país: un lugar que mira hacia adentro, incapaz de abrirse a la modernidad.

c) “El sol la baña vívido y confortable”
La luz manchega —intensa y serena— contrasta con la ruina, generando una belleza que conmueve y al mismo tiempo entristece: el tono esencial del 98.

d) “Esto es la agonía…”
La repetición de las campanadas y la palabra “agonía” constituyen una imagen símbolo: el pueblo parece morir lentamente, como una España vieja que se apaga pero conserva su dignidad.


5. Azorín y la imagen de Infantes

Con este texto, Azorín consolidó una de las visiones literarias más perdurables de Villanueva de los Infantes: la de la “ciudad muerta”, la “Brujas de La Mancha”.
Su descripción no era peyorativa, sino profundamente poética y moral: la ruina se convierte en testimonio de la historia, en motivo de reflexión sobre el paso del tiempo y la necesidad de regeneración espiritual.

Décadas después, otros autores —Pío Baroja, Federico García Lorca, Luis Cernuda— prolongarían esa mirada melancólica sobre la España interior. Pero Azorín fue el primero en ver en el Campo de Montiel un paisaje del alma, un espacio donde el silencio y la piedra hablan tanto como las palabras.


6. Epílogo

A 123 años de aquella visita y 58 años de la muerte de Azorín, Villanueva de los Infantes conserva la misma plaza, las mismas iglesias, los mismos palacios que inspiraron al escritor.
Pero ya no es el “pueblo muerto” que él vio: hoy es una ciudad viva, culta y orgullosa, consciente de su valor histórico y literario.
Sin embargo, en cada atardecer sobre la Plaza Mayor o el convento de Santo Domingo, aún puede escucharse el eco de aquellas campanadas que tanto impresionaron a Azorín:
el sonido de una melancolía que pertenece ya a la memoria de España.



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