A caballo entre la historia y la leyenda, la Torre de la Higuera se alza solitaria en un cerro al Noroeste de Villamanrique, oteando el horizonte desde tiempos medievales. Su silueta austera domina las llanuras que descienden hacia el sur y enlaza, por línea visual, con el imponente Castillo de Montizón, formando parte de aquel sistema defensivo que vigilaba los antiguos confines del Campo de Montiel.
Construida en el siglo XIII, tras la caída de Eznavejore, la torre responde al diseño pragmático de las atalayas cristianas: planta cuadrada, recia mampostería y muros que aún hoy se elevan hasta los doce metros, desafiando siglos y silencios. La entrada, situada en su lado norte, conserva la huella de un pequeño foso donde antaño descansó un puente de madera desmontable, evidencia de su carácter militar y vigilante. En su interior, hoy desnudo, se distribuían dos plantas y una terraza defensiva con almenas que ya no existen, comunicadas por escaleras y techumbres de madera que el tiempo se encargó de borrar.
Ya en el siglo XVI, las Relaciones Topográficas de Felipe II la citan como despoblada, “de piedra viva y cal y canto, las esquinas muertas”, vestigio de un pasado estratégico en el que cada colina era ojo y centinela. Pero alrededor de esta torre no solo late la historia militar: junto a ella, una antigua fuente de aguas medicinales adquirió renombre en la tradición local por albergar sanguijuelas de propiedades curativas, tan singulares que —según narran aquellos documentos reales— sólo existían en dos lugares de Europa y África.
El paisaje que la rodea guarda también sus propios secretos. Desde el aire se distinguen misteriosas estructuras circulares de 30 o 40 metros de diámetro, probablemente antiguos corrales de piedra, herencia remota de pastores que habitaron estas tierras. Amontonamientos olvidados, cubiertos hoy por sedimentos, que evocan la vida rural que sostuvo durante siglos a estas comarcas manchegas.
Visitar la Torre de la Higuera es encontrarse con un testigo pétreo del Medioevo, pero también con un paisaje cultural y natural que late en silencio. Un lugar donde la historia militar, la tradición popular y el enigma arqueológico se entrelazan, invitando al viajero a contemplar el Campo de Montiel desde la mirada eterna de sus guardianes de piedra.
0 comentarios:
Publicar un comentario