Albaladejo, historia entre caminos y cerros
En el extremo sureste de la provincia de Ciudad Real, casi rozando las tierras de Albacete y Jaén, se alza Albaladejo, un pequeño pueblo con alma antigua y raíces profundas. Su nombre, heredado de la palabra “albala” —camino—, recuerda la vía romana que cruzó estas tierras siglos atrás y que siguió marcando el rumbo de viajeros y comerciantes en la Edad Media.
Construido sobre las laderas de un cerro amesetado, el pueblo se despliega en calles empinadas y plazuelas que conservan el encanto de su trazado medieval. En lo alto, la antigua fortaleza y la iglesia vigilan un caserío blanco y sereno, mientras el arroyo de la Cañada susurra a sus pies.
Desde sus 48,5 km² se contemplan paisajes que combinan monte mediterráneo, olivares y extensas llanuras de cereal, hasta perderse en el horizonte de las sierras de Alcaraz y Segura, por donde discurre el río Guadalmena.
La historia de Albaladejo está ligada a la Orden de Santiago, que la repobló tras la Reconquista, otorgándole el nombre de “Albaladejo de los Freiles”. A lo largo de los siglos, su población creció entre dehesas, olivares y eras, dejando como huella un patrimonio discreto pero lleno de significado.
Entre sus tesoros destacan la Ermita de San Isidro, levantada sobre una loma con vistas al Campo de Montiel, y la Cueva de la Virgen, excavada en la roca y envuelta en leyenda. También conserva ejemplos notables de arquitectura civil, como la Casa Grande, de aire renacentista, y varios escudos nobiliarios que evocan el esplendor de otros tiempos.
Pero quizá el mayor orgullo de Albaladejo se esconde bajo tierra: la villa romana de Puente de la Olmilla, donde mosaicos polícromos del siglo IV narran escenas y geometrías de un pasado glorioso.
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