El oficio del afilador: un sonido que marcó la vida en nuestros pueblos
Seguro que muchos aún recuerdan aquel silbido inconfundible, ese aviso que recorría las calles y hacía asomarse a puertas y ventanas: “¡El afiladooor!”.
Era el momento en que el afilador llegaba al pueblo, casi siempre sobre su bicicleta adaptada, con la piedra de afilar en la rueda y un pequeño mundo de herramientas que despertaba la curiosidad de grandes y pequeños.
Los vecinos acudían con sus cuchillos, navajas, tijeras, hoces o incluso esquiladoras, aprovechando su visita para dejar todo como nuevo. Se formaba una pequeña reunión improvisada, un rato de charla, de historias y de vida cotidiana. El sonido metálico de la piedra girando se mezclaba con las risas y conversaciones.
El afilador no solo afilaba: traía alegría, movimiento y un pedacito de tradición.
Hoy, ese oficio ambulante casi ha desaparecido de nuestras calles.
Pero su recuerdo sigue muy vivo, porque formó parte de la esencia de nuestros pueblos: de sus sonidos, de sus costumbres y de su gente.
Un homenaje a todos aquellos afiladores que, con su trabajo honrado y su música característica, atravesaron nuestras calles y dejaron una estela de memoria y nostalgia.
¿Recuerdas al afilador en tu pueblo? Cuéntalo en comentarios.
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