La Batalla de las Navas de Tolosa: El día en que cambió el destino de España
Sierra Morena, 16 de julio de 1212
- Los 23 del Campo de Montiel -
El rugido de la historia
Amanecía el 16 de julio de 1212 en Sierra Morena. Bajo el sol implacable del verano andaluz, miles de hombres se preparaban para un combate que decidiría el rumbo de la Península Ibérica. En las cercanías del actual municipio de Santa Elena (Jaén), se enfrentaron dos mundos: el del califa almohade Al-Nasir, señor del poderoso imperio norteafricano, y el de una coalición cristiana encabezada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, acompañados por tropas del reino de León, Portugal y numerosos cruzados europeos.
La historia la recordaría como la Batalla de las Navas de Tolosa, una de las gestas más decisivas no solo de la Reconquista, sino de toda la historia de España.
De Alarcos a la cruzada
Durante décadas, los reinos cristianos del norte habían resistido el empuje de los almohades, una dinastía bereber que había traído consigo una ortodoxia religiosa inflexible y un ejército temible.
El desastre de Alarcos (1195) había sido un golpe devastador para Castilla: sus fronteras al sur del Tajo se desmoronaron, y el avance musulmán amenazó incluso a Toledo, el corazón espiritual de la cristiandad peninsular.
El asedio y caída de la fortaleza calatrava de Salvatierra en 1211 fue la chispa que encendió la llama. Aquella derrota, relatada con lágrimas por los cronistas de la época, fue vista después como un designio divino: la pérdida que “salvaría la tierra”.
El califa Al-Nasir, conocido por los cristianos como El Miramamolín, preparó un ejército colosal de más de 120.000 hombres para culminar su conquista. Ante la amenaza, Alfonso VIII de Castilla apeló directamente al Papa Inocencio III, quien proclamó una Santa Cruzada para frenar al islam en Europa occidental.
El arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, figura clave del clero castellano, recorrió media Europa predicando la cruzada. Caballeros y voluntarios llegaron desde Francia, Italia y Alemania, alentados por la promesa del perdón eterno.
El ejército de la fe
En Toledo, en mayo de 1212, se reunieron las fuerzas cristianas. Más de 80.000 hombres marcharon hacia el sur, liderados por las mesnadas de Castilla. Sin embargo, no tardaron en surgir tensiones: los cruzados extranjeros, poco acostumbrados a las costumbres peninsulares, protagonizaron saqueos en la judería toledana, lo que horrorizó al rey castellano.
Poco después, tras las matanzas en Malagón, los cruzados europeos decidieron abandonar la campaña, dejando a los hispanos solos ante el enemigo.
Pese a todo, Aragón y Navarra acudieron en auxilio de Castilla. Pedro II, amigo y aliado de Alfonso VIII, cruzó los montes con su caballería. Desde el norte, Sancho VII “el Fuerte” de Navarra aportó dos mil peones y doscientos caballeros de élite.
El ejército cristiano, reducido pero firme, se adentró en la Sierra Morena, un laberinto de riscos y desfiladeros donde el enemigo aguardaba emboscado.
El milagro del pastor
Cuenta la leyenda que, en medio de la desesperación por encontrar un paso seguro, un humilde pastor —identificado por algunos como una aparición de San Isidro Labrador— guió a las tropas cristianas por un sendero oculto entre las peñas.
Ese camino, hoy conocido como el Paso del Rey, permitió a los ejércitos cruzar la montaña y sorprender al enemigo acampado en las llanuras de Las Navas de Tolosa.
El califa Al-Nasir, confiado en su superioridad numérica, no imaginaba que la marea estaba a punto de cambiar.
El choque de los mundos
Al amanecer del 16 de julio de 1212, los soldados cristianos recibieron la comunión y se encomendaron a Dios. En silencio, las tropas se desplegaron.
La batalla comenzó con una carga frontal de la caballería castellana, que rompió las primeras líneas musulmanas. Sin embargo, la disciplina almohade permitió reagruparse rápidamente, y el contraataque fue feroz.
Los aragoneses resistieron en el flanco izquierdo; los navarros, en el derecho. En el centro, el propio Alfonso VIII, rodeado de sus mejores hombres, empujó hacia adelante.
El choque fue brutal: acero contra acero, lanza contra alfanje, cruz contra media luna. Las crónicas hablan de una lluvia de flechas que “oscureció el sol”, y de un río teñido de sangre.
La clave llegó cuando Sancho VII de Navarra, al frente de sus caballeros, atacó directamente el campamento del califa. Las cadenas que protegían su tienda fueron rotas, símbolo del fin del poder almohade.
El propio Al-Nasir huyó precipitadamente hacia el sur, dejando tras de sí un inmenso botín y miles de muertos.
Las consecuencias de una victoria eterna
La Batalla de las Navas de Tolosa fue mucho más que una victoria militar. Fue el principio del fin para el islam en la Península Ibérica.
El imperio almohade entró en un declive irreversible, y los reinos cristianos abrieron el camino hacia el valle del Guadalquivir.
En apenas tres décadas, Fernando III el Santo, nieto de Alfonso VIII, conquistaría Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248).
Sierra Morena quedó abierta, y con ella el futuro del sur peninsular.
La Reconquista había alcanzado su punto de inflexión: España empezaba a renacer.
Epílogo: la memoria de una gesta
Ocho siglos después, el eco de Las Navas de Tolosa sigue resonando entre las sierras de Jaén.
En Santa Elena, un monumento recuerda a quienes dieron su vida “por Dios y por la Patria”. Y cada año, historiadores, viajeros y curiosos vuelven sus pasos a esos parajes donde la historia se escribió con sangre y fe.
Aquel 16 de julio de 1212, la cristiandad europea contuvo su aliento.
Cuando el polvo del combate se disipó, el destino de la Península estaba sellado: la media luna retrocedía, y la cruz avanzaba hacia el sur.
Fuentes consultadas
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Crónica Latina de los Reyes de Castilla
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Historia de los Hechos de España – Rodrigo Jiménez de Rada
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Archivo Histórico Nacional, Sección de Códices
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Documentación del Museo de las Navas de Tolosa (Santa Elena, Jaén)
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