Los molinos harineros del Arroyo de la Vega de Santa María: memoria de agua, piedra y harina entre Torre de Juan Abad y Villamanrique
Entre las suaves laderas que separan Torre de Juan Abad y Villamanrique, el Arroyo de la Vega de Santa María serpentea entre cultivos de cereal, olivares y huertas de regadío. A simple vista parece un paisaje tranquilo y agrícola, pero bajo su superficie late una historia milenaria: la de los molinos harineros hidráulicos, ingenios que durante siglos fueron el corazón económico y social del Campo de Montiel.
El investigador Moisés González Vélez, en un riguroso estudio publicado en la Revista de Estudios del Campo de Montiel (2023), ha documentado los restos de estos molinos, analizando su evolución, su estado de conservación y las posibilidades de su recuperación. El trabajo representa una de las investigaciones más completas sobre este tipo de patrimonio en la provincia de Ciudad Real y constituye una valiosa aportación para conocer mejor cómo el agua, la piedra y el trabajo humano transformaron la vida en esta comarca.
Un valle con historia desde la Prehistoria
El valle del Arroyo de la Vega de Santa María, también conocido como Arroyo de la Cañada, se extiende por un paisaje de transición entre las planicies manchegas y las primeras estribaciones de Sierra Morena, al suroeste del Campo de Montiel. Es una zona fértil, donde desde tiempos antiguos el ser humano ha encontrado agua y tierra para cultivar.
Las huellas de la ocupación se remontan a la Prehistoria, con restos de industria lítica —cuchillos, hachas y raspadores— y estructuras de habitación de época neolítica y calcolítica. También existen vestigios romanos —muros, tejas y cerámica— y medievales, como la Torre de la Higuera, una construcción de vigilancia cristiana del siglo XIII, o la Ermita de la Virgen de la Vega, atribuida a los templarios aunque sin pruebas concluyentes.
Tras la conquista cristiana de estas tierras, en el siglo XIII, la zona quedó bajo la influencia del poderoso Castillo de Montizón, sede de una encomienda de la Orden de Santiago. A partir de entonces, el valle se convirtió en un espacio intensamente aprovechado por los nuevos pobladores cristianos, que levantaron molinos para moler el cereal cultivado en los alrededores y canalizaron el agua mediante acequias y albercas para regar sus huertas.
Los ingenios del agua: arquitectura y funcionamiento
Los molinos harineros hidráulicos fueron durante siglos una pieza esencial del sistema productivo del Campo de Montiel. Utilizaban la fuerza del agua para mover una rueda horizontal —el rodezno— que hacía girar las piedras de moler.
Su estructura seguía un patrón técnico y arquitectónico muy similar: la presa o azud, que desviaba el agua del arroyo; el caz, canal excavado en la tierra que la llevaba hasta el edificio molinar; el cubo o la balsa, donde se acumulaba el agua para aumentar su presión; el cárcavo, espacio inferior donde se alojaba el rodezno; la sala de molienda, donde las piedras trituraban el grano; y el socaz, canal de salida del agua de vuelta al arroyo.
El conjunto se completaba con la vivienda del molinero, cuadras, corrales, tinados y, en algunos casos, hornos o eras. Eran auténticos centros de actividad económica y social, donde el molinero no solo trabajaba, sino también vivía junto a su familia.
De las Relaciones de Felipe II al siglo XX
Los documentos más antiguos que mencionan estos molinos datan del siglo XVI. En las Relaciones Topográficas de Felipe II se describen hasta trece molinos funcionando en el Arroyo de la Vega de Santa María, con sus respectivos propietarios y rentas. Aquellas construcciones formaban parte del paisaje agrícola del Campo de Montiel y de la economía de la Orden de Santiago, que arrendaba su uso a particulares a cambio de un canon anual.
En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1749) ya se enumeran seis molinos en Torre de Juan Abad y cinco en Villamanrique. Los mapas topográficos del siglo XIX y las descripciones de Pascual Madoz confirman su existencia y continuidad hasta bien entrado el siglo XX, cuando la llegada de las fábricas harineras comenzó a relegar su uso.
Durante generaciones, estos molinos fueron testigos de la vida cotidiana de la comarca. Los agricultores acudían con sus costales de trigo o cebada, esperaban turno junto al caz y charlaban mientras el molinero trabajaba entre el polvo blanco y el rumor constante del agua.
La prospección arqueológica
En su investigación, Moisés González Vélez localizó nueve molinos principales en el tramo del arroyo: Ronchín, Frías, Perea y Polo, en el término de Torre de Juan Abad; y Don Reyes, Alfaros, Paso, Marqués y Aragán, en el de Villamanrique.
De todos ellos, los dos primeros son molinos de balsa, mientras que los demás son de cubo, un tipo más eficiente que requería menos agua. El estudio ha permitido documentar con precisión cada uno de ellos, fotografiar sus estructuras, elaborar fichas técnicas y evaluar las posibilidades de restauración.
Algunos, como el Molino del Frías o el del Aragán, conservan restos de las piedras de moler, árboles de transmisión o muros originales. Otros, como el Molino del Polo, se han transformado en casas de campo, aunque mantienen intactos elementos como el cárcavo o el socaz. Y en algunos casos, como el Molino de los Alfaros, apenas quedan rastros visibles, solo topónimos y muros semienterrados.
Piedra, agua y abandono
El estado actual de conservación es desigual. Muchos molinos están en ruinas o invadidos por la vegetación; otros han sido modificados por reformas modernas o por el paso del tiempo. Las cubiertas han desaparecido en la mayoría, aunque los muros de piedra siguen en pie, recordando la solidez de una arquitectura popular que supo adaptarse al entorno y aprovechar sus recursos.
A pesar del deterioro, el autor destaca el enorme valor patrimonial, histórico y etnográfico de este conjunto. No solo son ejemplos de ingeniería tradicional, sino también testimonios de una forma de vida basada en el aprovechamiento sostenible del agua, la tierra y la energía natural.
Patrimonio para el futuro del Campo de Montiel
El estudio concluye con una reflexión que va más allá de la arqueología. La recuperación de los molinos del Arroyo de la Vega de Santa María podría convertirse en una oportunidad para el desarrollo sostenible de la comarca.
Su restauración y puesta en valor permitirían crear rutas culturales, senderos interpretativos o centros de interpretación del agua y la molienda, generando atractivo turístico y educativo en una zona especialmente afectada por la despoblación rural.
Como señala el autor, “si dejamos perder estos recursos, no solo perdemos una riqueza cultural e histórica colectiva, sino también un instrumento que podría ser un activo importante para el desarrollo del Campo de Montiel”.
Una lección del pasado
Los molinos harineros del Arroyo de la Vega de Santa María son, en definitiva, testigos de una sabiduría antigua: la de aprovechar la fuerza del agua con respeto y medida. Recuperarlos sería devolverle voz a un paisaje que durante siglos ha acompañado el esfuerzo humano. Son un símbolo del equilibrio entre naturaleza y trabajo, entre historia y territorio.
Un patrimonio que, si se protege y se pone en valor, puede seguir moliendo —esta vez— ideas y futuro para el Campo de Montiel.
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