Los arrieros: el lazo histórico entre Jaén y el Campo de Montiel
Aceite, vino y caminos: la historia de quienes unieron dos tierras hermanas a lomos de una mula.
Durante siglos, antes de que el asfalto y los motores cambiaran para siempre la vida rural, el Campo de Montiel y las sierras de Jaén estuvieron conectadas por una red de caminos transitados por los arrieros: hombres que, con paciencia y esfuerzo, transportaban productos, noticias y costumbres entre las dos regiones.
Un territorio de paso y de unión
El Campo de Montiel, frontera natural entre Castilla-La Mancha y Andalucía, fue desde época medieval una tierra de comunicación.
Tras la conquista cristiana en el siglo XIII, la Orden de Santiago administró esta extensa comarca, que se convirtió en punto de enlace entre los reinos de Castilla y Jaén.
Por sus sendas transitaban continuamente recuas de mulas cargadas con aceite, vino, grano y lana. El geógrafo Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico - Estadístico - Histórico (1845-1850), ya mencionaba estos trayectos como “caminos de herradura frecuentados por arrieros de aceite y vino”.
Las rutas entre Úbeda, Baeza, Villacarrillo y Montiel, o entre Sabiote, Albaladejo y Villanueva de los Infantes, fueron durante siglos verdaderas arterias comerciales entre Andalucía y La Mancha.
La Sierra de Segura: puerta jiennense hacia el Campo de Montiel
Los pueblos de la Sierra de Segura —Orcera, Segura de la Sierra, La Puerta de Segura, Génave o Siles— desempeñaron un papel esencial en el tránsito de mercancías hacia el Campo de Montiel.
Por sus abruptas veredas y pasos naturales, los arrieros jiennenses subían hacia el norte, cruzando los puertos de montaña y adentrándose por Villaverde del Guadalimar, Albaladejo o Terrinches, hasta alcanzar Villanueva de los Infantes y el corazón de la comarca.
Estas rutas, utilizadas ya en la Edad Media, estaban vinculadas a las cañadas y caminos de la Mesta, lo que permitía aprovechar tanto los movimientos ganaderos como los intercambios comerciales.
En invierno, el aceite, las almendras y los productos serranos viajaban hacia la Mancha; en verano, el vino, el trigo o los tejidos del Campo de Montiel regresaban hacia las sierras.
Las relaciones eran tan estrechas que muchos arrieros de Orcera o La Puerta de Segura establecieron vínculos familiares en pueblos manchegos, dando lugar a un mestizaje cultural que todavía puede rastrearse en la forma de hablar, en los apellidos y en las costumbres compartidas.
Aceite del sur y vino de la Mancha
El intercambio entre ambas zonas era tan constante como necesario:
Desde Jaén llegaban aceites, jabones, miel y frutos secos.
Desde el Campo de Montiel partían vinos, cereales, legumbres y lana hacia el sur.
Las ferias y mercados de Villanueva de los Infantes, Montiel o Villahermosa eran lugares de encuentro para arrieros y comerciantes, igual que las de Úbeda o Baeza.
Los libros de cuentas del siglo XVIII mencionan pagos a “arrieros de Jaén por aceite” o “arrieros de Infantes por trigo”, prueba de un flujo comercial continuo y equilibrado.
El oficio y la vida del arriero
El arriero era un viajero del camino, conocedor de cada vereda, fuente y venta donde podía descansar con sus animales.
Viajaba con recuas de cuatro a diez mulas, cada una cargando cerca de cien kilos, y recorría más de cuarenta kilómetros al día.
El investigador Luis García-Moreno, en Oficios y costumbres del antiguo Campo de Montiel (1987), recoge el recuerdo de vecinos que contaban cómo “los arrieros dormían en las ventas de Fuenllana o Almedina, rezaban al pasar por los humilladeros y llevaban campanillas en las mulas para no perderse con la niebla”.
En muchos pueblos aún quedan apodos familiares como “el Arriero” o “los de las Mulas”, herencia directa de aquellas gentes del camino.
“Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”
Pocos refranes resumen mejor la filosofía del oficio que el célebre:
> “Arrieros somos, y en el camino nos encontraremos.”
Esta expresión, nacida precisamente del mundo de los arrieros, alude al respeto mutuo entre quienes comparten los caminos de la vida.
Su sentido es claro: todos dependemos unos de otros y la vida da muchas vueltas, por lo que conviene actuar con humildad y buena voluntad, pues mañana podemos cruzarnos de nuevo con quien hoy tratamos.
En los caminos del Campo de Montiel y las sierras de Jaén, donde los arrieros compartían noches, riesgos y fatigas, este refrán tenía un significado literal y simbólico.
Un recordatorio de que la ayuda y la reciprocidad eran esenciales para sobrevivir en los largos trayectos entre montes y llanuras.
Puente cultural entre dos mundos
Los arrieros no solo transportaban mercancías: eran portadores de cultura.
Llevaban noticias, romances y canciones entre pueblos y comarcas.
Gracias a ese continuo contacto, el habla del oriente del Campo de Montiel —en localidades como Terrinches, Puebla del Príncipe o Albaladejo— conserva giros y acentos andaluces.
Además, no eran raros los matrimonios mixtos entre familias jiennenses y manchegas, consolidando una red humana y cultural que unió ambas regiones más allá del comercio.
Del olvido al recuerdo
Con la llegada del ferrocarril y las carreteras a finales del siglo XIX, el oficio del arriero fue desapareciendo.
Sin embargo, su huella sigue viva en la memoria popular, en las historias que cuentan los mayores y en topónimos como La Venta del Arriero o La Cuesta del Aceitero.
Hoy, cuando Jaén y el Campo de Montiel vuelven a encontrarse a través del turismo rural, la gastronomía y la historia compartida, recordar a los arrieros es rendir homenaje a quienes, con humildad y sacrificio, mantuvieron unidas dos tierras hermanas.
> Porque los caminos nunca se olvidan… y los arrieros, tarde o temprano, siempre se vuelven a encontrar.
Fuentes consultadas
Madoz, Pascual. Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1845-1850).
García-Moreno, Luis. Oficios y costumbres del antiguo Campo de Montiel. Ed. Provincial de Ciudad Real, 1987.
Díaz del Moral, Juan. Historia de los caminos y ventas del sur de Castilla. Madrid, 1959.
Archivo Histórico Provincial de Jaén, sección de protocolos notariales (siglos XVIII-XIX).
Testimonios orales recogidos en Villanueva de los Infantes, Almedina y Villahermosa (2000-2020).

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