Torres, la aldea escondida entre las lomas de Montiel
En el corazón del Campo de Montiel, donde la historia se mezcla con el silencio de los caminos y el rumor del viento entre las encinas, se alza el recuerdo de Torres, una antigua aldea que hoy duerme bajo el paso del tiempo. Apenas unos restos de piedra, unas ruinas cubiertas por la hierba y la memoria de un pasado noble nos hablan de un lugar que fue refugio, frontera y retiro.
Se dice que la aldea de Torres fue un lugar de retiro de caballeros, guerreros que, tras una vida de lucha, eligieron este rincón de La Mancha para pasar sus últimos días buscando paz y serenidad. En este paraje apartado, entre suaves colinas y manantiales de agua, el silencio y el sosiego sustituyeron al estruendo de las armas.
La primera referencia conocida sobre Torres aparece en el año 1235. Según el investigador Hervás, ese año el rey Fernando III el Santo, monarca de Castilla y de León, incluyó la villa de Torres entre las donaciones a la Orden de Santiago. Aunque existen dudas sobre si aquel documento se refería realmente a este lugar —pues mencionaba dominios que llegaban hasta Beas de Segura—, lo cierto es que Torres aparece de forma inequívoca en 1243, cuando el mismo rey confirmó la posesión de diversos pueblos a la Orden de Santiago en su pleito con el Concejo de Alcaraz, incluyendo a Torres de Montiel.
Durante los siglos siguientes, la aldea prosperó lentamente. En el censo de 1468, Torres contaba con unos veinte vecinos pecheros, lo que equivaldría a unos ochenta habitantes. Más adelante, en las Relaciones Topográficas de Felipe II de 1575, se menciona ya como aldea dependiente de Montiel, situada a “una legua buena” de distancia. En aquel tiempo contaba con dehesa propia, dos alcaldes ordinarios, dos alcaldes de hermandad y un alguacil. También tenía su propio cura, una iglesia parroquial, una pequeña fortaleza y una ermita dedicada a San Blas.
A finales del siglo XVI, Torres llegó a reunir unos treinta vecinos pecheros —aproximadamente ciento veinte habitantes—, aunque pronto comenzó su declive. Cerca de la iglesia, dedicada probablemente a San Bartolomé, se hallaban diversas tumbas decoradas con los escudos de las Órdenes de Santiago y Calatrava. Este detalle alimenta la idea de que Torres fue un enclave de retiro para caballeros ancianos o enfermos, un remanso de paz más pensado para el descanso que para la guerra.
La iglesia de Torres, de la que aún se conservan algunos restos, era un pequeño edificio rectangular con ábside único, construido con muros de mampostería. Su estructura recuerda a la iglesia interior del Castillo de Calatrava la Vieja, lo que sugiere un origen medieval vinculado al espíritu religioso y militar de la época.
A comienzos del siglo XVII, la aldea aún mantenía cierta actividad: en 1611 se sabe que contaba con jueces propios para su dehesa. Sin embargo, la despoblación fue imparable. En 1914 apenas quedaban cinco casas habitadas y trece vecinos. Poco después, Torres desapareció definitivamente como núcleo poblacional.
Hoy, entre las ondulaciones del terreno y a unos cinco kilómetros al oeste de Montiel, aún pueden distinguirse algunos vestigios de sus construcciones. Son los restos silenciosos de una historia olvidada, que evocan tiempos en los que estas tierras eran escenario de fronteras, encomiendas y oraciones.
Torres fue, más que una aldea, un símbolo del espíritu que define al Campo de Montiel: la unión entre historia, fe y paisaje. Un rincón donde la calma y el recuerdo conviven, y donde todavía puede sentirse el eco lejano de los caballeros que un día encontraron aquí su última morada.
Quien recorra hoy sus parajes, entre caminos polvorientos y horizontes suaves, podrá descubrir que Torres no ha desaparecido del todo. Vive en sus piedras, en los documentos antiguos y en la memoria de los montieleños. Es uno de esos lugares donde la historia sigue respirando, esperando al viajero curioso que se atreva a buscarla.



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