“Ecos del Campo de Montiel”
donde el viento conversa con los olivos viejos
y el horizonte se derrama en silencio,
camina aún el alma de Don Quijote,
erguido sobre su sueño imposible.
Allí, donde la luz tiene sabor a historia,
Cervantes halló el temblor de la palabra,
la frontera entre la locura y la gloria,
la tierra donde el hombre se hizo leyenda
al confundir molinos con gigantes.
Entre encinas y molinos de piedra,
se escucha también la sombra de Quevedo,
afilando versos como espadas de ingenio,
dejando en la tierra manchega su huella,
como quien deja un pensamiento en el aire eterno.
Y junto al caballero, firme y terrenal,
va Sancho, sabio del polvo y del camino,
que conoce los surcos, las voces del campo,
y entiende que los sueños también se siembran
como se siembra el trigo bajo el sol manchego.
El tiempo pasó, mas no el espíritu.
En cada aldea, en cada venta perdida,
resuena la risa, la ironía, la esperanza,
porque en este campo antiguo y sagrado
aún cabalgan, invisibles, los cuatro:
Cervantes, Quevedo, Don Quijote y Sancho,
custodios del verbo, del valor y del alma,
eternos en el polvo inmortal del Campo de Montiel.

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