La trama oculta tras una joya del Renacimiento: Cipriano Salvador Gijón y la venta al Museo del Prado del primer Yáñez de la Almedina en España
Cuando Fernando Yáñez de la Almedina regresó de Florencia tras trabajar junto a Leonardo da Vinci, trajo consigo un lenguaje pictórico único que marcaría el Renacimiento español. Su primera obra documentada en España, Santa Ana, la Virgen, Santa Isabel, San Juan y Jesús Niño (ca. 1525-1532), hoy brilla en las salas del Museo del Prado. Pero su llegada al templo del arte español no fue tranquila: fue fruto de una confusa cadena de custodias, acusaciones, encierros y silencios que la historiografía había olvidado.
El nombre decisivo en esta historia es el de Cipriano Salvador Gijón (1894, Pedro Muñoz), pintor republicano, maestro y defensor del patrimonio artístico del Campo de Montiel. Su empeño por salvar obras religiosas durante la Guerra Civil le costó prisión, torturas y una condena injusta. Hoy, gracias a la investigación del profesor José A. López Camarillas, su papel en la preservación del cuadro sale a la luz.
Un maestro frente a un juez franquista
En 1942, en Pamplona, Cipriano Salvador declaraba ante un juez franquista acusado de un delito ambiguo: “tenencia en época marxista” de una obra maestra del Renacimiento español. A sus 47 años, y todavía marcado por su paso por el terrible Fuerte de San Cristóbal —la prisión conocida como “el Auschwitz español”—, trataba de explicar lo evidente: que había sustraído el cuadro de la iglesia no para destruirlo, sino para salvarlo.
“Como habían empezado por entonces a destruir imágenes… llevé a mi domicilio el cuadro, con el fin de custodiarlo y ponerlo a salvo”, declaró.
Su misión, además, había sido ordenada por el alcalde de Villanueva de los Infantes para proteger obras de arte frente a los saqueos de la guerra.
Pero la justicia franquista hizo oídos sordos. Salvador cumpliría condena y trabajos forzados hasta 1946. Mientras él sufría en prisión, el destino del cuadro tomaba un rumbo muy distinto.
Una venta bajo sospecha
En 1941, el párroco de Villanueva de los Infantes, Ramón Gómez Rico, vendió el cuadro al Museo del Prado por 15.000 pesetas, aun cuando el Patronato había autorizado hasta 20.000. La compra se financió con el legado del conde de Cartagena.
Pero esa venta no fue limpia. El cuadro no pertenecía a Infantes, sino a la iglesia de Almedina, donde Yáñez nació y para cuyo retablo fue concebido. El terremoto de Lisboa de 1755 destruyó el templo y el retablo, pero la tabla sobrevivió, aunque su rastro se volvió difuso durante siglos.
El obispo de Ciudad Real ya intentaba venderla en 1931, presionando al entonces director del Prado. Después, en plena guerra, Cipriano la rescató para evitar su destrucción. En 1938, agentes de la República acudieron a su casa para requisarla y elogiar su conducta:
“Se le atribuye a la citada obra un valor extraordinario… en nuestro Museo Nacional apenas sí existen obras de tan genial artista.”
El documento republicano sería clave décadas después.
El error de las medidas y la prueba definitiva
La sospecha franquista sobre Cipriano persistió porque las medidas del cuadro que constaban en el expediente republicano no coincidían con las del Prado. López Camarillas resolvió el enigma: los republicanos midieron la tabla desnuda, mientras los franquistas tomaron la tabla con el marco.
Al consultar al Museo del Prado las dimensiones sin marco, estas coincidieron exactamente.
La prueba que absolvería moralmente a Cipriano llegó 80 años tarde.
¿Quién se benefició y quién pagó el precio?
La iglesia de Almedina nunca autorizó su venta. El cuadro nunca salió del pueblo hasta que Cipriano lo retiró para protegerlo. La confusión generada por su custodia permitió que el párroco de Infantes lo vendiera como propio, aprovechando el vacío documental y la represión de posguerra.
Mientras el cuadro ingresaba en el principal museo del país, su verdadero salvador era castigado como delincuente.
Un homenaje tardío
El 9 de octubre de 2022, Almedina homenajeó a Cipriano Salvador Gijón, el hombre que evitó que su tesoro renacentista se perdiera para siempre. Su memoria, enterrada bajo el peso de una dictadura, empieza ahora a emerger.
El Prado conserva la obra. España conoce un capítulo más de su historia cultural y política. Y el nombre de Cipriano Salvador vuelve a ocupar el lugar que merece: el del hombre que salvó al discípulo español de Da Vinci.
Epílogo: la justicia del historiador
López Camarillas continúa investigando la vida de Cipriano, cuya pista se pierde en 1948. Su lucha, sin embargo, ha desplazado la sombra del olvido: su causa judicial es hoy clave para comprender cómo el patrimonio sobrevivió —y a veces cayó— en tiempos de guerra, fe y miedo.
Entre los muros del Prado, ese lienzo de Yáñez ya no es solo una obra maestra del Renacimiento. Es también testimonio de lealtad, sacrificio y memoria.
Gracias a un maestro republicano que lo protegió… y pagó con su libertad.
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