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Carrizosa, el arroyo y la Cueva de los Toriles.

El arroyo y la Cueva de los Toriles: donde el Campo de Montiel guarda la memoria del origen

Al este del término municipal de Carrizosa, entre los parajes de Los Salvares y La Chaparra, la tierra se quiebra de forma abrupta y hermosa. Allí, a apenas dos kilómetros del casco urbano, siguiendo la carretera que conduce a Villahermosa, el arroyo de los Toriles ha modelado durante milenios un barranco singular, uno de esos lugares donde el paisaje parece hablar en voz baja de tiempos remotos.

El arroyo recoge las aguas del llano de El Perdiguero y las conduce hasta el río Cañamares. En épocas de lluvia, la ruptura vertiginosa del terreno convierte su curso en una sucesión de pequeñas cascadas que caen entre paredes erosionadas, dibujando formas geológicas tan llamativas como inesperadas en esta parte de La Mancha. Incluso en estiaje, el relieve mantiene un carácter poderoso: en apenas dos kilómetros, el terreno desciende desde los 915 metros en la cola del barranco hasta los 850 del cauce del Cañamares, rompiendo la horizontalidad habitual de la comarca.

En una de sus vertientes se conserva un conjunto de cuevas de quintería, bien preservadas, que añaden valor etnográfico al enclave. Pero es en el interior de la llamada Cueva de los Toriles donde el paraje adquiere una dimensión extraordinaria: la del tiempo profundo.

Descubierto en 2018, este yacimiento cubre un arco temporal que va desde el Paleolítico Inferior hasta la Edad Media. Es, por tanto, un lugar clave para comprender la evolución de las poblaciones humanas en la submeseta sur de la península ibérica y, en particular, en el Campo de Montiel. En una región donde los yacimientos paleoantropológicos son escasos, Toriles se presenta como una pieza fundamental para completar el puzle de nuestra prehistoria.

La primera campaña de excavación estuvo dirigida por Daniel García Martínez (CENIEH), Pedro Reyes Moya Maleno (UCM) y Aitziber Suárez Bilbao (UPV). Los resultados fueron prometedores: fauna del Pleistoceno Medio, herramientas líticas del Paleolítico Medio —con una antigüedad aproximada de entre 700.000 y 200.000 años— y evidencias de un antiguo entorno de paleolagunas, similar al que hoy representan las cercanas Lagunas de Ruidera.

En 2020, el hallazgo de dos molares inferiores de un tejón primitivo, Meles cf. thorali, permitió datar el yacimiento entre el Plioceno Superior y el Pleistoceno Medio, es decir, en cronologías cercanas al millón de años. El estudio, publicado en Journal of Iberian Geology, situó a la Cueva de los Toriles como un enclave singular en la Meseta Sur, una región que históricamente ha quedado al margen de los grandes mapas de la evolución humana.

La importancia del lugar se confirmó en campañas posteriores. En 2022 se hallaron herramientas y cerámicas del Neolítico, junto a una falange humana datada por carbono 14 en unos 6.000 años. La cueva revelaba así una ocupación prolongada: desde los primeros grupos humanos hasta comunidades agrícolas y pastoriles, pasando por restos romanos, medievales y piezas de telares de época islámica. Un hilo continuo de presencia humana que convierte a Toriles en un verdadero archivo de piedra.

Los investigadores confían en que aparezcan evidencias de neandertales. No es una esperanza gratuita: la Meseta Sur funciona como un corredor natural entre el Sistema Central, el Sistema Ibérico y las cordilleras Béticas. Sin embargo, el uso agrícola intensivo del territorio, el despoblamiento rural y la tradicional primacía de la Historia Antigua sobre la Prehistoria en la inversión académica han hecho que muchos yacimientos se pierdan o permanezcan invisibles.

La Cueva de los Toriles desafía ese vacío. Pero su enorme potencial choca con una realidad conocida: la escasez de financiación. Hasta ahora solo ha sido posible realizar campañas preliminares. De ahí que proyectos como los impulsados a través de la Fundación Goteo o el apoyo del Ayuntamiento de Carrizosa, con fondos LEADER del Alto Guadiana Mancha, resulten decisivos. No se trata solo de excavar, sino de divulgar, de devolver el conocimiento al territorio y convertirlo en motor cultural y económico para una comarca amenazada por la despoblación.

El arroyo de los Toriles es hoy un paisaje de barrancos, agua y silencio. Bajo sus estratos, sin embargo, late una historia que nos conecta con el origen. En cada herramienta de sílex, en cada hueso fósil, en cada fragmento cerámico, Carrizosa guarda una parte esencial del relato humano. Y quizá, entre sus paredes de roca, aún aguarden las huellas de quienes caminaron estas tierras cuando La Mancha era un mundo de lagunas, fauna salvaje y horizontes sin nombre.

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