Artabán, el cuarto rey mago que nunca llegó a Belén.
Cada 6 de enero, millones de niños en todo el mundo se acuestan con una mezcla de nervios y esperanza. Esperan despertar y encontrar regalos traídos por Melchor, Gaspar y Baltasar, los sabios de Oriente que, guiados por una estrella, llegaron hasta Belén para adorar al recién nacido Jesús.
La escena es universal: un humilde pesebre en Belén, al oriente de Jerusalén; un niño envuelto en pañales; tres reyes que ofrecen oro, incienso y mirra, símbolos de realeza, divinidad y vida.
Un relato que ha atravesado siglos, convertido en tradición, fe… y celebración.
Pero existe una historia apenas susurrada en los márgenes del cristianismo.
Una historia que no habla de llegar, sino de quedarse en el camino.
El rey que nadie recuerda.-
Muy pocos conocen la existencia de Artabán, el llamado cuarto rey mago.
Un sabio que partió hacia Belén… y jamás llegó.
Según antiguos relatos y tradiciones apócrifas, Artabán vivía en la región de Borsippa, cerca del monte Ushita, en lo que hoy es Irak. Un oráculo le anunció que un ser de luz llegaría al mundo para traer el perdón de los pecados. Poco después recibió una carta de Melchor, Gaspar y Baltasar confirmando el prodigio e invitándolo a unirse al viaje.
Artabán no dudó. Preparó tres regalos dignos de un mesías: un diamante, un rubí y un jaspe.
Joyas raras, poderosas, cargadas de simbolismo.
Montó su caballo y, guiado por la estrella de Belén, se adentró en el desierto.
La primera demora.-
En el camino encontró a un hombre moribundo: golpeado, despojado de sus ropas y abandonado a su suerte. Artabán se detuvo.
Sabía que cada minuto contaba, pero también sabía algo más antiguo que cualquier profecía: la compasión.
Vendió el diamante para salvarle la vida.
Aquella decisión lo retrasó.
Cuando llegó al punto de encuentro con los otros reyes, solo halló un mensaje: no podían esperar más. Le indicaban el camino y le rogaban que siguiera la estrella.
Artabán continuó, ahora solo.
Un camino de pérdida.-
El desierto no perdona. El sol abrasador, la sed y el cansancio terminaron por matar a su caballo. El rey siguió a pie, empujado únicamente por la fe.
Cuando por fin llegó a Belén, el milagro ya había pasado… y el horror había comenzado.
El rey Herodes había ordenado la matanza de todos los niños menores de dos años, temiendo al recién nacido al que llamaban rey de los judíos.
Artabán presenció a un soldado a punto de asesinar a un niño. Sin dudarlo, entregó su rubí a cambio de la vida del pequeño.
Fue arrestado.
Treinta años de silencio.-
Encadenado, olvidado, Artabán pasó más de treinta años en un calabozo.
Salió viejo, ciego y sin riquezas, salvo una última joya: el jaspe.
Vagando por Jerusalén, encontró una subasta humana. Una joven iba a ser vendida como esclava. El anciano entregó su última posesión para comprar su libertad.
La joven, agradecida, besó sus manos heridas y sus ojos ciegos.
Entonces, la tierra tembló.
El final que fue un comienzo.-
Un terremoto sacudió Jerusalén. Una grieta se abrió bajo los pies de Artabán y cayó mortalmente herido.
En su último aliento, escuchó una voz:
“Lo que hiciste por mis hermanos, lo hiciste por mí.”
Y entonces murió.
No en un pesebre.
No ante una estrella.
Sino —según la leyenda— en las manos de Dios.
El misterio de Artabán.-
Artabán nunca llegó a ver al niño Jesús.
Nunca entregó sus regalos en Belén.
Nunca fue celebrado.
Y, sin embargo, según esta antigua tradición, fue el rey mago que más dio, el que convirtió cada ofrenda en un acto de amor, el que entendió que el verdadero camino al mesías no siempre termina en un lugar… sino en los demás.
Quizá por eso su historia no se cuenta a los niños.
Porque no habla de premios, sino de sacrificio.
No de llegar, sino de ayudar en el camino.
Y tal vez —solo tal vez— Artabán fue el único rey que realmente entendió el mensaje.
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