“𝐋𝐚 𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐧𝐨 𝐝𝐢𝐯𝐢𝐝𝐞, 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐥𝐝𝐚𝐝 𝐬𝐢́”
Hay quien piensa diferente a nosotros y, aun así, suma, respeta, escucha y construye. Y hay quien piensa como nosotros y, sin embargo, resta, hiere, divide y destruye. Porque el problema nunca ha sido la diferencia, sino la intención. Nunca ha sido la diversidad de ideas, sino la falta de humanidad.
Las buenas personas pueden discrepar sin despreciar, defender sin atacar y convivir sin imponerse. Las personas dañinas, en cambio, utilizan cualquier excusa —una opinión, una bandera, una causa— para justificar el egoísmo, la soberbia o el daño a los demás.
Al final, todo se reduce a eso: no importa de qué lado estés, sino cómo eres. Porque el mundo no se estropea por quienes piensan distinto, sino por quienes olvidan ser justos, empáticos y honestos.
𝑌 𝑒𝑠𝑜 𝑛𝑜 𝑒𝑛𝑡𝑖𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑠, 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑣𝑎𝑙𝑜𝑟𝑒𝑠.
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